“caminaba ella cogida de la mano
del dios, el paso embarazado por las largas
vendas de la mortaja,
inseguro, suave, y sin impaciencia.
inmersa en sí misma como en una sublime esperanza.
y no pensaba en el hombre que marchaba delante
ni en el camino que ascendía a la vida.
inmersa en sí misma. y su estar muerta
la llenaba en toda su plenitud.
como un fruto de dulzura y oscuridad,
así estaba ella llena de su gran muerte,
tan nueva que nada comprendía.
vivía, intangible, una segunda
doncellez; su sexo estaba cerrado
como un capullo al atardecer.
y sus manos tan olvidadas
de las nupcias, que incluso el contacto
infinitamente delicado del ligero dios
que la guiaba,
le hería como una intimidad insoportable.
ella era ya raíz. y cuando de pronto,
inesperadamente,
el dios la detuvo y con dolor en los labios
pronunció las palabras: él se ha vuelto,
nada comprendió ella y dijo suavemente: ¿quién?
mas a lo lejos, oscuro delante de la clara salida
estaba alguien de pie, cuyo rostro
no se podía reconocer. estaba de pie y vio
cómo sobre la cinta de una senda
entre los prados,
con triste mirada, el dios del mensaje
daba la vuelta silencioso para seguir
a la figura
que ya desandaba este mismo camino,
el paso embarazado por las largas vendas de
la mortaja,
inseguro, suave y sin impaciencia.”