Al igual que Hesíodo también Semónides considera que las mujeres están hechas de tierra y agua. O mejor, algunas mujeres:
«A otra la moldearon con tierra los Olímpicos / y se la dieron al hombre como embotada; nada malo / ni bueno sabe una mujer de tal tipo; / la única labor que sabe hacer es comer. / Y si los dioses mandan un duro invierno, / tinta de frío antes que acercar su banqueta al fuego. / Otra procede del mar, y se comporta de dos maneras: / se ríe y está contenta un día, / y la elogiaría el huésped que la viera en su casa: / “No hay una mujer mejor que ésta / en toda la humanidad, ni más hermosa”. / Pero al otro día no es sufrible mirarla / ni acercarse a ella, sino que anda enloquecida, / inabordable, como una perra vigilando a sus cachorros, / y resulta áspera con todos y desagradable / tanto para sus enemigos como para sus amigos. / Como el mar muchas veces sereno / se queda calmo y propicio, gran alegría para los marinos, / en la estación del verano, pero muchas veces enloquece, / por olas de sordo golpear arrebatado: / a él es a quien más se parece una mujer así, / por su carácter agitado: también el mar tiene naturaleza / cambiante.»
Pero si las mujeres hechas de tierra o nacidas del mar son una desventura, todavía son peores las otras mujeres que, según su índole, derivan de animales, de los que tienen todas las características:
«(...) Una procede de la cochina de largas cerdas, / en su casa todo está lleno de suciedad, / tirado en desorden y rodando por el suelo; / y ella, sin lavarse y con las ropas sucias, / sentada entre montones de estiércol, engorda. / A otra la hizo dios de la maligna zorra; / es la mujer que lo sabe todo: nada malo, / ni nada bueno le pasa inadvertido, / pues a unas cosas las llama con frecuencia malas, / a otras buenas: pero su disposición es tan pronto / de una manera como de otra. / A otra, hija de la perra, la hizo irritable e impulsiva; / quiere ésta oírlo todo, saberlo todo, / y por todas partes curioseando y dando vueltas / pega ladridos, aunque no vea a persona alguna. / No la puede calmar su marido ni amenazándola, / ni aunque, irritado, le salte con una piedra los dientes, / ni hablándole cariñosamente, / ni siquiera si está sentada en casa ajena; / sino que prosigue sin cesar su inútil ladrido. / (...) Otra procede del asno gris y cosido a palos; / por la fuerza o por las amenazas apenas / lo soporta todo y realiza trabajos ásperos. / Mientras tanto, come en su habitación / toda la noche, todo el día, y come junto al hogar. / No obstante, para el trabajo de Afrodita / acepta a cualquier compañero que se presente. / Otra procede de la comadreja, especie miserable y triste, / pues no tiene nada bello ni deseable, / nada agradable, nada amable. / Y está loca por el lecho de Afrodita, / pero al hombre que tiene le produce náuseas. / Con sus robos causa muchos daños a los vecinos, / y muchas veces se come las víctimas antes de sacrificarlas. / A otra la engendró la hermosa yegua de largas crines, / y huye ante los trabajos serviles y la aflicción, / y no podría tocar la piedra de un molino, ni coger / una criba, ni sacar la basura de casa, / ni sentarse junto al horno para evitar el hollín; / pero enamora al hombre con una fuerza invencible. / Se quita la suciedad todo el día, / dos veces, tres veces, y se unge con perfumes; / siempre lleva bien peinado su cabello, / espeso, adornado con flores. / Un bello espectáculo es una mujer así / para otros, mas para su dueño resulta un daño, / a menos que sea un tirano o un rey / de los que se complacen con semejantes cosas. / Otra procede del mono: ésta es, sin duda, / el mayor mal que Zeus ha enviado a los hombres. / Su cara es feísima; una mujer de éstas / va por la ciudad provocando la risa de todos los hombres; / corta de cuello, le cuesta moverse, / sin nalgas, con la piel en los huesos. Pobre hombre / el que abraza semejante desastre. / Sabe todas las tretas y artimañas, / como el mono, y no le importa que se rían de ella. / Jamás haría el bien a nadie, sino que lo que mira / y lo que delibera todo el día / es cómo hacerle a alguien el mayor mal posible.»
Cochina, zorra, perra, comadreja, yegua, mona: cada una peor que la otra. Solamente una se salva:
«Otra procede de la abeja: dichoso el que la consigue. / Solo ésta no recibe ningún reproche, / y por ella florece y aumenta la vida. / Amada envejece junto a su amante marido, / madre de una prole linda y famosa. / Y llega a ser ilustre entre todas las mujeres, / y le rodea una gracia divina. / No le gusta sentarse entre las mujeres / cuando hablan de asuntos de amor. / Estas son las mujeres mejores y más inteligentes / que Zeus otorga como gracia a los hombres.»
Me parece que comparado con éste, Hesíodo no es nada. Afortunadamente, las cosas han cambiado y son los menos los que opinan así.